Skip to main content

Miedo al cambio y evitación experiencial: por qué nos cuesta salir de la zona de confort

Hoy quería hablaros de una capacidad profundamente humana: vivir con autenticidad incluso frente al miedo al cambio y a salir de la zona de confort.

Viktor Frankl, psiquiatra y superviviente de los campos de concentración, lo expresó así en su libro El hombre en busca de sentido:

“Todo puede serle arrebatado a un hombre salvo una cosa: la última de las libertades humanas: la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias, para decidir su propio camino.”

En la práctica, esta libertad no significa que podamos elegir lo que nos ocurre, sino cómo nos posicionamos ante ello. A veces se traduce en dejar de preguntarnos únicamente “¿por qué me está pasando esto?” y empezar a preguntarnos “¿cómo quiero responder a esto que me está pasando?”.

El miedo al cambio y la dificultad para salir de la zona de confort son experiencias naturales de la vida que, en determinados momentos, pueden generar bloqueo, ansiedad o una sensación de impotencia y estancamiento. Tal vez sigues en una relación o en un trabajo que ya no te representa, que bloquea tu crecimiento o en el que el respeto y la reciprocidad no están presentes, o simplemente en una etapa vital que sabes que necesita transformarse, pero la incertidumbre pesa más que el malestar conocido.

Quizá ahora mismo te encuentres ante una encrucijada. En realidad, todos atravesamos alguna a lo largo de nuestra historia. Nadie queda al margen de los momentos de duda o de las transiciones que nos confrontan con nosotros mismos. A veces son las circunstancias las que nos descolocan sin previo aviso; otras veces somos nosotros, con nuestras batallas internas, nuestras emociones no resueltas o, simplemente, nuestra necesidad de crecimiento, quienes empezamos a percibir ese susurro interior que, poco a poco, se vuelve más claro: “así, ya no.”

El salto de fe: cuando confrontamos el miedo al cambio

¿Qué ocurre entonces cuando empezamos a escuchar esa voz?

Hace poco veía con mis hijos la película Indiana Jones y la Última Cruzada, cuando el protagonista debe dar un “salto de fe” hacia un abismo desconocido, guiado por un propósito que solo puede sostenerse desde la fidelidad a aquello que reconoce como verdadero y valioso. Esa fidelidad interior es lo que tradicionalmente se ha llamado virtud: no algo impuesto desde fuera, sino una disposición que permite a la persona orientarse y actuar en coherencia con valores intrínsecos que confieren dirección y sentido a la acción. Esa virtud que, como decía Edith Stein, no se inventa, se descubre en el fondo del alma humana como eco de un orden más alto, y que tantas veces se manifiesta precisamente en medio de la tribulación.

Y el salto de fe implica precisamente eso: atreverse a soltar la falacia de control, especialmente sobre las circunstancias externas. En lo cotidiano, esto puede significar aceptar que no podemos controlar la reacción de otra persona, la decisión de una empresa o el ritmo al que cambian las cosas, pero sí podemos decidir si actuamos desde el resentimiento, la evitación o la coherencia con nuestros valores.

miedo al cambio

Imagen generada por IA.

Pero, ¿qué es lo que nos impulsa a permanecer en lo conocido y evitar salir de la zona de confort?

Con frecuencia, sostenernos en circunstancias que generan disonancia interna es el resultado de un balance implícito entre costes y beneficios. A veces incluso nos sorprendemos defendiendo aquello que nos limita, justificando lo que nos incomoda o minimizando lo que en el fondo nos duele. El coste de enfrentar la ansiedad, la incertidumbre y el miedo al cambio se percibe como demasiado elevado, y el cerebro, orientado a la economía de recursos, recurre a atajos que simplifican la decisión: heurísticos, esquemas aprendidos y filtros de interpretación de la realidad moldeados por experiencias previas, muchas veces fuera de la conciencia.

En este contexto, emerge lo que en psicología basada en ACT, Hayes y cols. denominaron evitación experiencial: “que ocurre cuando una persona no está dispuesta a permanecer en contacto con determinadas experiencias privadas (por ejemplo, sensaciones corporales, emociones, pensamientos, recuerdos, predisposiciones conductuales) y toma medidas para alterar la forma o la frecuencia de estos eventos y de los contextos que los evocan, incluso cuando hacerlo genera un perjuicio conductual.” En la práctica, esto puede verse cuando postergamos conversaciones importantes, nos refugiamos en la hiperactividad o en distracciones constantes para no sentir la incomodidad que implicaría reconocer que algo necesita cambiar.

Estos mecanismos permiten preservar una homeostasis psíquica que, aunque frágil, evita el esfuerzo que supone confrontar el conflicto interno.

Sin embargo, surge entonces una pregunta fundamental: ¿cuál es el coste real de recurrir de forma persistente a estos atajos? ¿De aplicar respuestas automatizadas a realidades que exigen una nueva forma de posicionarnos, como quien intenta forzar piezas de un puzzle para hacerlas encajar?

El riesgo no es menor: perder, progresivamente, la última y más valiosa libertad de la que hablaba Frankl, la de elegir nuestra actitud interna y, desde ella, organizar nuestras respuestas.

Si lo que buscas es una orientación más práctica sobre cómo salir de la zona de confort de forma ordenada y coherente con tus valores, puedes profundizar en este artículo.

CONTACTO

Si quieres concertar una cita o tienes alguna duda o consulta, déjame tu mensaje a través del formulario y me pondré en contacto contigo lo antes posible.  

PIDE CITA

    Leave a Reply